VENUSBERG
Invernales solsticios del tamaño de la ira,
tiempo culpable que late con pulso de cumbre,
tan sólo ámbito en oscuros jardines solitarios
-undoso azabache de Uccello en San Romano,
o Amarone en cristal D’Arges- desconcierto del amor
que habita senderos de cantil
y perdura sólo en la quietud de una perversa agonía,
irradiación de un cuerpo percibido
en su aristotélica totalidad como un golpe rotundo en la materia,
aleve espacio de noche ambigua,
roses at Tannhäuser Gate,
arazzi lúbrico en recóndito Venusberg, telar de la destrucción,
cette momie vivante qui ignore tout des limites de son vide,
agonal arrecife en desgarro, pálida caléndula,
funestos símbolos o materia rota no contemplada,
alba mínima de errantes e ilícitos astros
sobre leñerías en llamas de neblosa tormenta
donde una verdad del espíritu oculta
nos une en un círculo caucasiano
de frágiles lechos en el trance de vivir,
(argénteos hexámetros de Parménides:
no ha sido ni nunca será, porque es).
Obscena memoria erguida como sangre en espacios absolutos
de azul abatido, porque la luz no basta,
C-Rays glow in the dark
intocable cautividad nimbada en revuelo de cristales,
arcángeles ejecutados en los chapiteles de Trento,
lechuzas de gárgola o monjes salvajes que dejan sus panfletos
sobre la tumba del viejo adalid en los límites últimos.
Horizontes lascivos de lentas espumas,
o piedras convertidas en agua
en un estremecimiento indescifrable,
vértigo insatisfecho en la suave urgencia del abandono.
De Teoría de la incertidumbre (2020)