VIVIR EN EL LETEO
Después de la muerte de los dioses,
el agua rizada de mares oscuros
bañó nuestros cuerpos de barro
en la herrumbre piadosa de los días,
éxodo de la soledad del tiempo a las orillas del río Leteo
entre rostros sin facciones, pórticos encendidos
o tolvaneras de espliego en los muslos del cíclope.
Nos hicimos preguntas conociendo el resplandor de las respuestas
para vencer al olvido sobre gárgolas desprendidas y cristal silencioso.
El ayer se agolpó en frías estatuas en las que apenas nos contemplamos,
en los distantes horizontes de marfil y fuego
donde las flores miran al mar y el cormorán de azogue aguarda,
círculos del viento desnudo, palabras desprotegidas, miradas inasibles
con alegorías de estampas vivientes, tal vez para almas sin cuerpo.
Los labios rasgados de los Macbeth enmudecidos,
como un punzón de luz en los destruidos arrayanes,
atraviesan los empañados espejos de simulacros y cariátides
en el bosque donde los grifones lamen caléndulas rotas.
La brisa del Tártaro, como un manotazo a tientas, nos muestra
el arco combado de una destrucción de bastiones y terciopelo,
crimen sucedáneo con nombre de abismo que toca el rostro
del amanecer con manos misericordiosas y sangre arrodillada.
Los montes imaginarios se llenan de crucifixiones de alquitrán,
no habrá paz para el alanceador de rosas en los extraños días
del áspide en la hierba, en el reflejo taciturno de los cielos de cadmio,
bajo las inercias de las vidas rutinarias.
Nadie como el ciego Tiresias vadeó el Leteo y la belleza del olvido,
el intrépido vuelo del águila caudal sobre las frondas de nuestros pasos
inciertos y desmadejados en un pañuelo de ábrego
esperando un camino o una vida por desvelar o mundos absolutos,
caídos en sí, posteriores al amor, perfumados
por los caóticos aromas de una eternidad a punto de extinguirse,
aliento húmedo de horizontes aún tibios y enlazados, prófugos
en una tristeza muda que con su presencia quema los párpados
tras el cristal de un resplandor que nace con la belleza de las vísperas.
Quietud lívida como una destrucción que desciende boca abajo
para posarse en la dicha inicial del viento entre los árboles, desorden
de abatidos cuerpos de lava contenida, bultos de hielo o metal y barro, ojos que brillan
de improviso como una pregunta que destruye, ceguera inmensa donde la intemperie
araña labios bajo el pálpito de un mundo
sin palabras, vientres de prohibidas raíces, manos que rozan opuestos destinos para vivir
o morir con los ojos abiertos en un desgarro de sol profanado.
Vivir en el Leteo es revivir.
De Vivir en el Leteo (2018)