VUELVO A LA COLINA
ABRO el atlas, marco la ruta
y emprendo la marcha.
Pero me doy cuenta
que tuya es la memoria
y no reconozco las ciudades.
De nuestra casa de juventud,
viene una niña con babi
y ojos grandes
(idénticos a los tuyos),
que me pregunta
por el patio de los recreos.
También me habla de un arroyo
y una huerta que no recuerdo.
Hay un rumor de viento
y la niña llora.
Pienso que llora porque no tiene
la casa de la colina,
pero en Tara mora Vivien Leigh.
La tarde perdura demasiado
y el viento ya desborda
y vacía las templos sin indulgencia.
Arrecia la ventolera
e intento cerrar el portón,
pero me lo impide una bandada
de mirlos, ruiseñores, jilgueros
y otros animales fantásticos.
Con el nuevo día
inicio la repatriación,
pero de repente nieva
y malgasto el camino.
Entonces, desorientado
y sin indulto, pido el ingreso
en el presidio de tus brazos.