El velo
en desconcierto vuela
por la tenue penumbra de la sala
y es el vago recuerdo del perfume
el que habita la estancia.
Queda el eco por todas las paredes
aferrado a las sedas y al tisú,
adherido
al damasco. Cortinajes dorados,
del dorado salón.
Y ronda su figura entre columnas
y alfombras
como césped,
donde penetra el pie
- campo de mirtos-
y se hunde suave, invitando a su gozo.
El palacio dormita en esta hora,
y afuera,
las palomas zuritas
arrullan con su canto.
Dulce canto que va por corredores,
de puntillas,
traspasando los siglos,
los siete cielos, siete.
Están ahí,
los presiento y los veo.
Me miran,
y sus ojos poseen
la belleza de entonces.
Los ojos de la casa de Aixa.
Yo, princesa nazarí,
duermo los siglos
que mi amado me ha dicho
que lo aguarde.