Un fórceps se apodera de cabezas,
las extrae con la piel ensangrentada.
Y la traemos todos al nacer,
al menos quienes llegan a mostrarla.
Bendigo la prisión de unas tenazas.
Bien digo: ¡las tenazas de nacidos!,
las manos hábiles de la matrona,
que rasgan nueva carne de otra usada.
Bendigo sus minutos de labor.
Bendigo tantas horas de dolor.
© Antonio Macías Luna