Palpa el tronco añejo y refinado
por esmeril de costra.
Pon los ojos sin vista de tu máscara
en los pliegues que asoman,
y con sentidos nuevos, renacidos
por millares de estrofas,
que esas miles se tornen en discursos:
los que tu espíritu vivaz pregona.
Mientras la primavera sus cabellos
sueltos anuncia con vibrante pompa,
lo convierte en montura de la brisa,
y hasta el final del orbe lo transporta.
Mira el perenne olivo,
aferrado a la estaca de una sombra.
Míralo otra vez antes
de que pierdas los ojos de su copa
esquivando a los vientos
que en la cara le soplan.
Se te va de la vista un ser inerte,
un vigía inclinado por la loma
con munición de frutos sobre el hombro,
con laurel de victorias.
Lejos de ti camina,
quiere hallarse quizás como tú, a solas.
© Antonio Macías Luna