Dos sentados ausentes, una mujer y un hombre,
fabrican un vacío en el espacio
ante el acantilado de un anaquel con vinos y licores.
No hay besos en el aire,
solo serpientes bélicas con tufo de alcohol.
Se suena un saxofón la nariz taponada
con “kleenex” de madera.
Susurros vanos bailan con los quiebros
de la llama, linaje de la vela
mientras su vacilante hoguera de campaña
desdibuja un esbozo de alegría
en los muros neutrales del local.
Los dos presentes se levantan hoscos,
no se dicen adiós.
Se plantea ecuación con dos incógnitas:
se marcha cada uno por un lado.
En un largo final
el saxofón columpia su cimbreante tono,
lo baja de la altura y lo deja dormir en la penumbra.
Después, modorra y calma.
No hay nadie que censure la rabia de los dos.
Nadie ve el cenicero con polvo calcinado
en medio de la mesa.
La llama decadente se hace más y más baja
cual palo de remota carabela
desplegando un pañuelo al horizonte
en un mar de blancuras y arrecifes de cera.
La puerta quedó abierta.
No hay nadie para arriar el trapo desinflado de la vela.
¿Quizás un soplo de aire…?
La luz del sitio huye inadvertidamente,
sin brusquedad alguna.
Consumatum est.
© Antonio Macías Luna