Tú lloras mientras ríes,
me apesadumbras sin que llore
cuando el sol de tus ojos apagados
quema protuberancias sobre mí.
Jamás concedes tregua,
jamás quedas ahíta con mi ánimo vencido.
Sabes cómo ponerlo en dique seco,
con las velas tiradas;
con los mástiles rotos pudriéndose ante el mar:
olas que, al retirarse, le carcomen
la quilla de su casco sin timón.
No me tientes, indigna meretriz,
pues te acuestas conmigo cada instante.
No me hostigues, demonio sin hoguera,
no me mueve tu llanto;
a solas me conmuevo con el mío,
con ése que me diste de regalo.
© Antonio Macías Luna