Las aguas se le van hacia el celeste
sin fuerza anímica, en letal discurso;
un arroyo agotado en lento curso
hasta que a su corriente no le reste
ni un ápice de luz ni de color.
Torpe ante la vejez de los sentidos,
todo lánguido y lleno de pavor,
se duerme con las manos en el pecho,
apagando los últimos quejidos,
y la mirada escrita sobre el techo.
(Publicado en “Hambre de versos”)
Antonio Macías Luna