A UNA JOVEN MAPUCHE
Son tus alas, preciosa píllmaykéñ*,
autóctona violeta de la tierra,
las que agitan la margen del Cautín.
Son tus velas morenas sumergidas,
tus dedos primorosos que arrancan de la arena
hoyitos de rumores.

No se detiene el río de Lautaro.
Me sonríe de frente cuando lo veo venir,
sin prisas, majestuoso,
cuando viene a mi encuentro, todo azul.
Se enreda entre ondas con los pies del viento,
que, al tropezar con rizos espumosos,
se transforma en gotitas de suspiros.
Podrían ser los tuyos, pillmaykéñ.


No se detiene el río de Guacolda.
Trenza su divagar lamiendo el puente,
debajo de mis pies,
encrespando las cumbres de las olas,
amontonando arrugas que entre charcas
ríen.
Cuando están a mí altura,
gritan.
Cuando pasan de largo,
lloran.

,Dónde estás, pillmaykéñ?
¿En la corriente esquiva de las aguas,
moviendo sus bravíos torbellinos
con lenguaje espiral de lapislázuli?
¿Dónde estarás, mi niña?
Creo verte bañándote en el sol
enviándome espejillos de reflejos;
agujas cegadoras a mis ojos
como las verdes lanzas de los pinos.

Creo verte en estrellas espumosas
bajo el sol vespertino.
Miro la lejanía.
Una barca se mece entre zafiros.
Tu pelo carbón luce en la distancia.
¿Es un mero espejismo,
o eres tú, mi adorable pillmaykéñ?

*pillmaykéñ, golondrina en mapudungún

(Museo de la Poesía Manuscrita, S. Luís – Argentina)

© Antonio Macías Luna