AL SALIR DE CASTILBLANCO
Amanece. Sevilla queda lejos.
No se ven todavía sus espejos
anacarados, sus paredes blancas.
Las sendas de terrizo
se impregnan de relente
y hacia el cielo plomizo
serpean, donde escapan de la vista.

Cabalgan por los montes, vagarosas,
las diademas brumosas
que ciñen las cabezas de unos álamos.
Una nube descubre,
en las cimas, la forma de una ubre
sensual y redondeada;
con suave balanceo desemboca
en el ombligo de una hondonada.

            Antonio Macías Luna

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