ELEGÍA A UN MILLÓN DE MUERTOS
Trigales recios que aguantan los fuertes vientos,
mantened flexibles vuestras varas de espigas
sobre correajes, sobre uniformes mugrientos,
sobre huesos de dos Españas enemigas.

Que surjan tallos, como cuerdas de un palangre,
con múltiples rosas en esta piel de toro.
Que arda una rosa por cada gota de sangre,
dando pétalos a la primavera de oro.

Las estrellas y el sol, que hoy nos muestran caminos
de paz, son ojos que observaron expirar,
bajo la herrumbre de unos cascos mortecinos,
a hijos de la Patria en febril agonizar.

Bunkers, bastiones en pie algunos, desafiantes,
muestran troneras que repartían terror
en la oscuridad a las sombras vacilantes.
Hervía el aire, pesado por el olor
de la pólvora, chillidos y tabletear
de ametralladoras. ¡Quebrantad vuestros muros
de piedra altiva, no los volváis a elevar!
Convertid en polvo sus secretos oscuros.

Rielaba la luna el agua con suave rizo.
Ardían los juncos, las adelfas miraban
la ribera en llamas. Los hombres su bautizo
de fuego asumían y a través la vadeaban.

¡Ay, ríos de mi España obtusa e incorregible!
Sois renovada savia que nutre un rosal.
A vosotros ordena mi voz apacible:
bajad el curso de vuestro rojo caudal.

¡Ay, corrientes y arroyos fieros, caudalosos!
Llevad vuestro tinte bermejo hasta los mares.
En un bramar de olas no os sintáis temerosos
de mandar al fondo cizañas y pesares.

Zanjas que dividen las laderas, tejidas
con matorrales, en otro tiempo trincheras
para el cigarro y el fusil, hoy son guaridas
de huraños bichos, solapados en chumberas.

Tapias de sacros recintos, sois testimonio
de la muerte en pie, de ojos tapados de hermanos.
En amaneceres con rostro del demonio
los tiros al pecho son sacrificios vanos.

En las paredes, sin utilizar ardid,
tapad la vergüenza y no deis lugar a engaños.
Vuestros agujeros odiosos recubrid,
no los atribuyáis al paso de los años.
Que muros blancos sean dignos de una estancia
clara y sosegada, por los que duermen dentro
y los que sobrevivimos. En la distancia
del tiempo caminemos hacia el reencuentro.

La faz de España, sombría con desaciertos,
se alumbre en tonos rosados y carmesíes,
en vivo homenaje al fatal millón de muertos
que duermen juntos en esencia de alhelíes; 
flores crecidas a costa de unos despojos,
de quienes dieron su ser por un ideal
u otro, ¿qué importa? Eran nacionales y rojos,
prole de mi cuna convertida en fosal.

Señor, escucha desde arriba mi clamor,
mi llanto herido por este país bendito;
diana de balas procedentes del rencor,
del odio ciego, propio de un hado maldito.

Que una sola tumba albergue a obstinados padres,
hermanos, seres ensalzados en contiendas
inútiles, que separaron a las madres
e hijos hasta desterrarlos de sus haciendas.

Rosal del alma, cumple tu misión de paz;
siembra de cordura mis campos y montañas.
Recuéstate en la mente del hombre sagaz
como galardón a sus prudentes hazañas.

Y vosotras, espigas de oro, comprensivas,
haceos a un lado para que rosas hermanas
irrumpan al sol y crezcan con ansias vivas.
¡Todas tienen sitio en las llanuras hispanas!

    Publicado en “Versos que empujan desde el alma”

© Antonio Macías Luna