Es como levantarte con los ojos, con las húmedas alas de los ojos, al imborrable cielo del recuerdo. Pasan nubes oscuras, tristes pájaros. Lentamente tu nombre al fin se queda solo, desnudo, inmóvil, imposible, como estrella varada. Y nombrarte es dolor. Reconocerte después de cada tarde, como el sueño, es el dolor diario. Cruzo absorto calles hacia la angustia de la nada, entro en casas desnudas, hablo a seres extraños, torpemente. Reconocerte es triste, como es triste siempre identificarnos lo más nuestro inútilmente cerca, naufragando en la luz impiadosa de los días. Entramos y salimos de nosotros abandonando siempre lo que somos, esa sola verdad que nos habita, apaleado perro en las veredas por las que transitamos sordamente. Sentirte cerca duele, como duele siempre palpar la herida que no cura. Sentirte en lenta huida hacia la tarde con un dolor solar sobre los párpados. Veo a veces tu cuerpo como un río, como un río pasando mudamente el puente de mis años, por mi pecho. Y en un heroico cielo, siempre inmóvil, só1o tu nombre, herido de memoria. En esta soledad me estoy poblando, haciéndome de bosque y fronda hirviente. Una renunciación acaso sea más que segar la pretendida rosa brotar oscuros árboles de sueño.